¿La ansiedad siempre es mala? Una emoción que también puede jugar a nuestro favor
Si alguna vez dijiste o escuchaste frases como:
“Estoy re ansioso.”
o
“Necesito dejar de sentir ansiedad.”
no estás solo.
En los últimos años, la ansiedad empezó a ocupar un lugar cada vez más importante en las conversaciones cotidianas. Se habla de ella en redes sociales, en los medios e incluso entre amigos. Pero en ese camino también apareció una idea que vale la pena revisar: la de que toda ansiedad es un problema.
La realidad es un poco más compleja.
La ansiedad no apareció para hacernos sufrir. De hecho, apareció mucho antes que nosotros mismos. Es un mecanismo que nuestro cerebro desarrolló para ayudarnos a detectar riesgos, prepararnos para actuar y adaptarnos a situaciones nuevas.
El problema no es sentir ansiedad.
El problema es cuando deja de cumplir esa función y empieza a ocupar demasiado espacio en nuestra vida.
Una escena que probablemente conozcas
Son las ocho y media de la mañana.
Juan está sentado en el auto antes de entrar a una entrevista laboral. Revisa por tercera vez los papeles que ya había preparado la noche anterior. Nota que tiene las manos un poco frías y el corazón más acelerado de lo habitual.
Respira hondo.
Piensa que hace años no se sentía así.
¿Le está pasando algo malo?
Probablemente no.
Su cerebro simplemente entendió que está por enfrentar una situación importante y decidió prepararlo.
Ese pequeño aumento de la activación puede hacer que esté más atento, recuerde mejor lo que quiere decir e incluso reaccione con mayor rapidez durante la entrevista.
Curiosamente, si Juan entrara completamente relajado, sin ningún grado de activación, quizás su desempeño sería peor.

Entonces… ¿para qué sirve la ansiedad?
Imaginemos por un momento que nuestro cerebro tuviera un sistema de alarmas.
No todas las alarmas indican una emergencia.
Algunas simplemente nos recuerdan que debemos prestar atención.
La ansiedad funciona de una manera parecida.
Nos ayuda a prepararnos para:
- rendir un examen;
- hablar frente a otras personas;
- cuidar a un hijo cuando está enfermo;
- reaccionar rápidamente ante un peligro.
Sin esa capacidad probablemente tomaríamos muchas situaciones importantes con demasiada indiferencia.
Sentir un poco de ansiedad antes de un desafío no significa que algo esté funcionando mal.
En muchos casos significa exactamente lo contrario.
¿Por qué entonces la ansiedad tiene tan mala fama?
Porque solemos conocerla cuando ya empezó a generar sufrimiento.
Quien atraviesa un trastorno de ansiedad sabe que puede ser agotador convivir con pensamientos constantes, preocupaciones difíciles de controlar o síntomas físicos muy intensos.
Pero esa experiencia representa solo una parte del fenómeno.
Es parecido a pensar que la fiebre siempre es una enfermedad.
En realidad, la fiebre suele ser una respuesta del organismo frente a algo que necesita atención.
Con la ansiedad ocurre algo similar.
Es una respuesta normal que, en determinadas circunstancias, puede volverse excesiva.

¿Cómo saber cuándo deja de ser una respuesta saludable?
No existe una cantidad exacta de ansiedad que podamos medir.
Sin embargo, hay algunas preguntas que pueden servir como guía.
¿La preocupación aparece casi todos los días?
¿Te cuesta disfrutar actividades que antes eran habituales?
¿Estás dejando de hacer cosas importantes por miedo a sentirte mal?
¿La ansiedad afecta tu trabajo, tus estudios o tus vínculos?
Cuando estas situaciones empiezan a repetirse y sostenerse en el tiempo, vale la pena consultar con un profesional.
No porque exista una fórmula mágica, sino porque comprender qué está ocurriendo suele ser el primer paso para sentirse mejor.
Lo que vemos en el consultorio
Muchos pacientes llegan convencidos de que tienen que aprender a “no sentir ansiedad nunca más”.
Es una expectativa comprensible.
Pero también es una meta imposible.
Las intervenciones psicológicas actuales no buscan eliminar las emociones, sino desarrollar herramientas para relacionarnos con ellas de una manera más saludable.
En otras palabras, el objetivo no es apagar la alarma.
Es aprender a distinguir cuándo está sonando porque realmente hay algo importante y cuándo quedó demasiado sensible.
Pequeñas acciones que suelen ayudar
Aunque cada situación es diferente, existen hábitos cotidianos que favorecen una mejor regulación emocional.
Entre ellos:
- mantener horarios de descanso relativamente estables;
- realizar actividad física con cierta regularidad;
- limitar el consumo excesivo de cafeína si aumenta el nerviosismo;
- reservar momentos de descanso durante la jornada;
- conversar con alguien de confianza cuando una preocupación empieza a crecer.
Ninguna de estas estrategias elimina por completo la ansiedad.
Y está bien que así sea.
El objetivo no es dejar de sentir.
Es recuperar la sensación de que podemos manejar aquello que sentimos.
Lo que dice la evidencia
Las investigaciones en psicología y neurociencias coinciden en un punto importante: la ansiedad forma parte del funcionamiento normal del ser humano.
Cumple un papel adaptativo porque prepara al organismo para responder frente a desafíos o situaciones inciertas.
Solo cuando esa respuesta es muy intensa, persiste en el tiempo o limita significativamente la vida cotidiana puede considerarse parte de un trastorno de ansiedad.
Comprender esta diferencia ayuda a reducir el estigma y favorece consultas más tempranas cuando realmente son necesarias.
Para llevarse una idea
Quizás el problema no sea que sentimos ansiedad.
Quizás el problema sea que aprendimos a pensar que cualquier emoción incómoda debe desaparecer.
La próxima vez que notes ese nudo en el estómago antes de una situación importante, en lugar de preguntarte “¿qué me pasa?”, podrías probar con otra pregunta:
“¿Qué está intentando preparar mi cuerpo para hacer?”
A veces, cambiar la pregunta cambia por completo la manera en que vivimos una emoción.
Referencias
-
Grupe, D. W., & Nitschke, J. B. (2013). Uncertainty and anticipation in anxiety: An integrated neurobiological and psychological perspective. Nature Reviews Neuroscience, 14(7), 488–501.
-
Craske, M. G., et al. (2014). Maximizing exposure therapy: An inhibitory learning approach. Behaviour Research and Therapy, 58, 10–23.
-
American Psychiatric Association. (2022). Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM-5-TR).