Los chicos que nacen con una infección congénita del grupo TORCH —citomegalovirus, toxoplasmosis, rubéola o herpes simple, transmitidos de la madre al feto durante el embarazo— tienen un riesgo claramente mayor de recibir más adelante un diagnóstico de autismo o de discapacidad intelectual. Es la conclusión de un estudio del Instituto Karolinska publicado el 21 de septiembre en JAMA Pediatrics, que siguió a 3,7 millones de personas nacidas en Suecia entre 1987 y 2021 [1].

Qué hicieron

El equipo cruzó los registros nacionales suecos de salud, nacimientos, educación y defunciones. Entre 3.666.002 personas identificó 975 con una infección congénita TORCH diagnosticada clínicamente y las comparó con el resto de la población, con un seguimiento de hasta tres décadas [1].

Además repitió el análisis comparando a cada persona infectada con sus propios hermanos. Es una forma de controlar lo que comparte la familia —genética, ambiente, nivel socioeconómico— y de ver si la asociación se sostiene más allá de eso.

Qué encontraron

  • Discapacidad intelectual: un riesgo unas 7 veces mayor (HR 7,22) y unas 23 veces mayor en las formas severas a profundas (HR 23,51) [1].
  • Autismo: unas 3 veces mayor (HR 3,10). La asociación fue más fuerte en el autismo con discapacidad intelectual (HR 6,23) que sin ella (HR 1,97) [1].
  • Entre hermanos los resultados se mantuvieron: HR 3,19 para autismo y 11,28 para discapacidad intelectual, con intervalos más amplios por el menor número de casos [1].
  • TDAH y TOC: con TDAH la asociación se diluyó al comparar hermanos, y con TOC no hubo una asociación consistente [1].
  • Rendimiento escolar: entre quienes no tenían autismo ni discapacidad intelectual, las notas a los 16 años fueron 1,5 puntos más bajas en una escala de media 100 y desvío 15. Es una diferencia chica, pero muestra efectos más allá de los diagnósticos [1].

Por qué importa en la práctica

Para quien evalúa a un chico con sospecha de autismo o dificultades cognitivas, el estudio refuerza algo que ya es parte de una buena anamnesis: preguntar por infecciones durante el embarazo y por diagnósticos del período neonatal, y pedir los informes correspondientes.

El antecedente no explica por sí solo un cuadro, pero orienta la evaluación y justifica coordinar con pediatría y neurología. El hallazgo sobre las notas también sugiere acompañar el recorrido escolar de estos chicos aunque no tengan un diagnóstico. En el plano sanitario, los autores subrayan que varias de estas infecciones se pueden prevenir [2].

Con qué cautela leerlo

Las infecciones congénitas TORCH son raras: 975 casos entre casi 3,7 millones de nacimientos. Según los autores, explican alrededor del 1,2% de los casos de discapacidad intelectual severa y apenas el 0,034% de los de autismo en Suecia [2]. No son, entonces, una explicación general del autismo.

El estudio sólo capta infecciones con diagnóstico clínico: en Suecia no hay tamizaje neonatal de TORCH, así que las infecciones asintomáticas quedaron fuera. Unas 200 se diagnosticaron después del primer año de vida, lo que puede reflejar un sesgo de vigilancia, y la edad media de seguimiento (19 años) limita el análisis de cuadros poco frecuentes [1]. Uno de los autores declara ingresos de UpToDate y participación en una empresa de salud digital [2].

Estudio: Sjöqvist H, Dalman C, Mataix-Cols D, Gardner RM, Karlsson H. Congenital TORCH infections and neurodevelopmental outcomes: a population- and sibling-based cohort study. JAMA Pediatrics, 2026. doi:10.1001/jamapediatrics.2026.4229

Referencias

  1. Sjöqvist H, et al. Congenital TORCH infections and neurodevelopmental outcomes: a population- and sibling-based cohort study. JAMA Pediatrics, 2026
  2. Karolinska Institutet: Rare pregnancy infections linked to autism